Un
calor húmedo inundaba aquella pequeña habitación, en la que las sábanas se
habían convertido en una efímera protección contra la realidad. Unas simples
sábanas blancas que nos habían cobijado mientras nosotros nos queríamos a
retazos entre mis vicios y tus piernas.
Estaba
dormida. Eran cerca de las seis de la mañana cuando terminamos de querernos. Me
quedé despierto tratando de buscar una explicación a todos aquellos
sentimientos que habían aflorado al rozar sus labios.
Su
pelo olía a vainilla. Me recordaba a esos enormes regalices rosas rellenos. Era
más dulce que ellos, si cabe. Había sido la primera última vez de nuestra
historia. Respiraba tan despacio y tan feliz… al cabo de un par de minutos me
encontré sincronizado con ella. La respiración más hermosa de mi vida. Sus labios, impertérritos, de un color rojo
fuego decoraban su angelical rostro.
Me
levanté. Salí de nuestra pequeña burbuja, y una fuerte bocanada de aire tibio
me golpeó. Habíamos creado un ambiente único. Deambulé un par de minutos por
nuestro diminuto piso, hasta que un cajón encontré un paquete de cigarrillos.
Tan sólo había dos.
Abrí
la ventana del salón, y encendí el cigarro. Una suave brisa me ayudó a
despejarme. Mi pelo, alborotado, mis músculos aletargados. Humo. “¿Y si realmente
es nuestra primera última vez?”. Más humo. “No puedo perderla”. Respiro el aire
frío de la calle. Aún un poco más de humo. “¿Es feliz?”. Apenas dos caladas más
bastaron para terminar aquel cigarrillo.
Mientras
aún estaba en aquella ventana centrado en mis pensamientos, llegó ella. Y no
puedo describir aquella visión. Una camiseta que dejaba intuir sus senos y
apenas llegaba a cubrir el comienzo de sus piernas.
Pero
que hermosa es. Se acercó, creo que sabía lo que estaba pensando. Pasó su mano
derecha por mi pelo ya revuelto, se puso ligeramente de puntillas para
susurrarme algo. “No te preocupes, va a ir todo bien. Te querré siempre”. Su
mano izquierda se deslizó por mi torso y buscó mis manos.
Volvimos
a la cama.
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