“Ya
no quedan días contigo, ni noches sin ti”. Así rezaba la última frase de la
última carta, del último adiós.
Lo
cierto es que aquellos ojos nunca dejaron de mirarme, y siempre lo agradecí.
Hay formas y formas de mirar, la suya era especial, diferente a todas las
demás. Entre compasiva, abrasiva y dulce. Era una combinación de tantas cosas
que era difícil no quedarse mirando de vez en cuando. En sus ojos te podías
perder hacia múltiples destinos. Desde los más oscuros y peligrosos, a aquellos
en los que hasta uno mismo, podría ser feliz.
Nunca
nos permitimos demasiadas licencias. El amor, y el cariño, es ese juego de
débiles, de personas con sentimientos. No eran propios de ninguno de los dos.
Nos amamos, eso sí, en muchos lugares, sin compasión, hasta que ambos no podíamos
más. Así era la vida, un continuo sobresalto, que sólo nos dejaba entrever lo
más triste y lo más feliz, cada vez que nos alejábamos.
Lo
nuestro era como una de esas pastillas que sabe fatal, pero te hace sentir bien
porque te alivia el dolor. Exacto. La medicina del corazón, y sabía mal
demasiadas veces, y muy bien tantas otras, pero nunca se definía.
La
principal premisa era esa, amar hasta que duela. Amar hasta la última
consecuencia, hasta el último suspiro, amar, hasta que no pudiésemos parar.
Pero en el fondo, tan sólo eso, AMAR.
Y
así terminó, amando, luchando y llorando. Y así terminé, exhalando mi último
resquicio de vida pensando en ella.
Un final increíble, de corazón, esa última frase me ha encantado.
ResponderEliminarUn beso y gracias por pasarte!
Mil gracias. Es un placer que alguien como tú me lea.
EliminarUn beso :)