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8.3.14

Desoladas

Desoladas. Así quedaban las habitaciones a mi paso, vacías por su ausencia, colmadas de tristeza, de recuerdos que aunque fuesen alegres, ahora se tornaban en amargos. Apenas cuatro estancias diminutas se volvieron para mí gigantescas. Se había ido.

Llevaba meses alertándome del final, pero no podía ni tan siquiera imaginarlo. ¿Quién cree que su mundo se va a ir a pique en un par de noches? Yo, al menos, nunca lo creí. Lo tomé tan sólo como una llamada de atención para quererla más, sólo un aviso.

Pero no era tan sólo eso. Era una larga despedida, una cadena de por si acasos, una locura desatada, propia de los puntos finales. Y de pronto, una noche, a las tres de la madrugada, un ruido sordo nos invadió para siempre. A ella se la llevo, y lo que es peor, a mí, aún me dejó aquí.

No lo podía creer, las horas se sucedían entre sollozos, lágrimas de amor, de verdad, de mentira. Y allí estaba ella, protagonista, como en tantas otras ocasiones de centenares de personas. Inmóvil, pálida, sin vida. Y también estaba yo, sumido en una sombra perpetua, sin dormir, con un gesto serio, perpetuo, inamovible.  El traje, negro, la corbata, negra, y la camisa blanca. Aunque lo más importante, mi alma, tan oscura como la sombra que me cobijaba.

Pasó, se unió a otro mundo, y toda aquella gente que dice acompañarte, desapareció. Y volvía a aquella mansión, donde antes éramos dos. Vagué un rato por la casa, y me tumbé en nuestra cama. Apenas pude cerrar los ojos cuando el recuerdo de aquellas noches me invadió.

Tuve que levantarme, y dormir en el sofá, no podía volver a aquella cama. Me levanté aturdido, descentrado, sin saber bien que había pasado. Vacilé levemente en mis primeros pasos. Llegué a la habitación, abrí el armario, y dos lágrimas recorrieron mis mejillas, sin prisa por saber cuál de las dos llegaría primero a desprenderse por el abismo de mi barbilla.

No dudé. Comencé a meter toda su ropa en bolsas, llené una tras otra, y las cerré. Ver todo aquello vacío me impacto. Necesitaba sentarme.  No aguanté más.


No imaginaba una vida más allá de ella. Era el final.

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