La despedida fue rápida y contundente. Un simple adiós
culminó aquella noche. Siempre teníamos la costumbre de enredarnos un poco en
el otro antes de dejarnos marchar, pero no aquel día.
Me quedé perplejo, mirando cómo se alejaba y me dedicaba un contoneo
roto por el silencio, que me hacía indicar que esta vez no, pero quizás otra
noche sería.
Ella, tenía los labios rasgados de tantas sonrisas perdidas.
Rotos, en su máximo esplendor, por tanto besar sin pensar. Sus manos, llenas de
cicatrices de tanto amar en silencio, de quererse cuando nadie lo hacía. Así
estaba, con retales por su cuerpo de tantas vidas que encontró y no se quedó.
Y así estaba yo. Tan enamorado de cada una de las cicatrices
que la cubría que tan sólo podía pensar en ella. Es cierto, que sería una
relación tan rara como nosotros dos. Juntos, sumaríamos más heridas mal
cerradas que toda una división de infantería en plena guerra.
Pero que importa, los guerreros y los valientes son los que
hacen valer la vida que les ha tocado. No se dejan llevar, porque les han
llevado por caminos espinosos, eligen su propio camino. Y éramos ella y yo un
camino, más bien una gran encrucijada de la que ninguno de los dos parecía
dispuesto a salir. No queríamos, por miedo, ni por placer.
Parece una locura esto de querer sin querer, pero los locos
disfrutan el momento. Y eso hacíamos, recorrer una y otra vez el mismo camino,
cambiando el principio cada vez que llegábamos al final, ese que repetíamos o
cambiábamos a nuestro antojo, sin encontrar aún el que deseábamos.
Aún estamos así, sin saber que querer, sin querer hacer.
Porque cuando queramos y hagamos, sonará un estrepitoso ruido, que os indicará,
que al fin, hemos encontrado la salida, y la hemos tomado. Los dos juntos, así,
de la mano, como esas parejas que llevan media vida juntas y no quieren
separarse.
¡ PERFECTO !
ResponderEliminarGracias :)
Eliminar