Perder.
Eso que a todos nos da tanto miedo. Hay muchas maneras de perder, y muchas
cosas que uno puede perder. Se pueden perder amigos, familiares, oportunidades
de esas que nunca volverán. Se pueden perder historias, momentos, palabras,
canciones, recuerdos, cartas, fotografías…
No
es cuestión de perder, sino de saber ganar con eso que has perdido. Puedes
centrarte en ver lo que ya no tienes, o tan sólo ver lo que puedes tener
gracias a eso que ya no está. Sí, los comienzos son duros, y los finales, me
temo que aún más. Pero centrémonos en ganar.
Qué
les voy a decir. He perdido tanto como vosotros, o quizás más. Perdí personas,
me perdí momentos, más de los que me hubiese gustado, y me perdí oportunidades,
de las que afirmo no arrepentirme, aunque en ocasiones hasta yo mismo llego a
dudar. Me he perdido parte de la vida, y no sólo de la mía.
Pero
también he ganado, saben, he ganado gente que está ahí cuando nadie más se
acuerda de ti. He ganado risas, abrazos, amigos, momentos. Y esos momentos no
los cambiaría, aunque algunos sean amargos, o aún estén incompletos. También
gané algún que otro beso, y quedan más, se lo aseguro. De todo queda mucho más.
He ganado multitud de letras, algunas incluso por partida doble, y también las
he perdido, pero aún hay esperanzas.
Y
si hago balance, los daños han dado muy fuerte, pero la estructura se ha
reforzado, no toda, pero en parte. Y no les diré que no duele, que no es nada,
porque sí es. Es inútil decir no llores, porque lo harás, no en público, no en
privado, pero en algún momento sucumbirás. Pero la sonrisa debe proseguir. Y
las pérdidas, serán eso, pérdidas, hasta que decidas que ya sólo quieres ganar,
aunque seguirás perdiendo cuando sea obligatorio. Pero debes elegir cuando será
el momento de ponerle otra línea al signo menos. Porque no manda nadie, ni
siquiera la muerte o el tiempo, manda la razón, el corazón. Sólo mandas TÚ.
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