Apenas
diez metros cuadrados, pintados de un aséptico blanco nuclear, que daba la
sensación de más espacio. Contaba con un par de sillones reclinables, anclados
irremediablemente a una fría barra metálica, que era la encargada de sujetar
aquella bolsa de infecta curación, o un camino más doloroso de llegar al mismo
final, como prefieran entenderlo.
Me
sentaba allí durante al menos una hora, y esperaba. Primero, a la enfermera,
para que introdujese en mi brazo ese frío gusano metálico, encargado de llevar
a mi circuito sanguíneo el contenido de aquel terrorífico gotero. Los primeros
segundos eran insoportablemente dolorosos, notaba como todas mis ganas y mi
fuerza se desvanecían al mismo tiempo que entraba la supuesta curación en mi
cuerpo. Después todo se convertía en algo más sencillo, apoyaba mi cabeza, cada
vez menos poblada debido al tratamiento, en el respaldo del sillón, y me dejaba
ir.
Dejaba
que todo aquello hiciese su trabajo, no sabía si iba a ser lo suficientemente
útil como para acabar con todos mis males, pero según los médicos, era lo
necesario. Pero cada vez lo veía más difícil.
Acaban
mis fatídicos minutos sobre ese sillón, la aguja resbala al salir de mi piel.
Aturdido, perdido, con el frío perpetuo que hace meses que me acompaña, dejo
ese maldito lugar, tan sólo unos días, los suficientes como para volver a ser
yo, y llegar para dejar de serlo.
Apenas
tengo fuerzas para incorporarme, me cuesta un mundo salir de la sala, mi sitio,
deja lugar a otra vida que se va apagando, como la mía. Tiene demasiada hambre
como para parar.
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