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18.3.14

La verdad y otras mentiras

Apenas diez metros cuadrados, pintados de un aséptico blanco nuclear, que daba la sensación de más espacio. Contaba con un par de sillones reclinables, anclados irremediablemente a una fría barra metálica, que era la encargada de sujetar aquella bolsa de infecta curación, o un camino más doloroso de llegar al mismo final, como prefieran entenderlo.

Me sentaba allí durante al menos una hora, y esperaba. Primero, a la enfermera, para que introdujese en mi brazo ese frío gusano metálico, encargado de llevar a mi circuito sanguíneo el contenido de aquel terrorífico gotero. Los primeros segundos eran insoportablemente dolorosos, notaba como todas mis ganas y mi fuerza se desvanecían al mismo tiempo que entraba la supuesta curación en mi cuerpo. Después todo se convertía en algo más sencillo, apoyaba mi cabeza, cada vez menos poblada debido al tratamiento, en el respaldo del sillón, y me dejaba ir.

Dejaba que todo aquello hiciese su trabajo, no sabía si iba a ser lo suficientemente útil como para acabar con todos mis males, pero según los médicos, era lo necesario. Pero cada vez lo veía más difícil.

Acaban mis fatídicos minutos sobre ese sillón, la aguja resbala al salir de mi piel. Aturdido, perdido, con el frío perpetuo que hace meses que me acompaña, dejo ese maldito lugar, tan sólo unos días, los suficientes como para volver a ser yo, y llegar para dejar de serlo.


Apenas tengo fuerzas para incorporarme, me cuesta un mundo salir de la sala, mi sitio, deja lugar a otra vida que se va apagando, como la mía. Tiene demasiada hambre como para parar.

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