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5.11.13

Un nuevo camino

Allí estaba, colocada frente al espejo. Su largo pelo de color negro como el carbón se deslizaba hasta más abajo de sus hombros. Los ojos, inundados por las lágrimas le impedían ver con claridad. Abrió el cajón que estaba a su derecha, y sin mirar palpó su interior en busca de unas tijeras. Deslizó sus dedos dentro de ellas y las sacó a la luz.

Con la mano izquierda secó sus lágrimas con la ayuda de su camiseta. Afianzó las tijeras a su mano derecha y con la izquierda, ya desocupada, atrapó un mechón de pelo. Comenzó a cortar, sin miedo y con decisión. Su larga melena en apenas unos minutos se desvaneció y su pelo cubría el suelo del baño.

Ahora apenas quedaba rastro de la chica que hace tan sólo unos minutos se encontraba frente al espejo. Había decidido cambiar su vida de forma radical. Había conseguido que le quedase bastante bien su nuevo corte de pelo. Sin detenerse a limpiar todo aquello, salió del baño y fue hasta su habitación. Nada más cruzar el umbral de la puerta, deslizó por sus hombros los tirantes de su vestido. Cayó al suelo y en ese mismo lugar dejó los tacones que llevaba puestos.

Se quedó en ropa interior, y así caminó hasta el armario, descalza. Una vez allí, sacó unas zapatillas, unos vaqueros rotos y una camiseta que dejaba su hombro derecho al aire. Se puso los pantalones y mientras los abrochaba, deslizó sus pies dentro de las zapatillas. Levanto los brazos y dejo que la camiseta cayese hasta cubrir su torso.

Tras de sí, dejó todo aquel desorden. Ya lo recogería luego, pensó. Y mientras una lágrima corría la aventura de deslizarse por sus mejillas… cerró la puerta.

Había decidido salir a comerse el mundo. Sin que nada ni nadie se lo impidiese. Aquel día, una nueva mujer había nacido.

Lo cierto, es que había quedado a las siete de la tarde en una céntrica cafetería de su ciudad. ¿Con quién? Pues con quien hasta aquella misma tarde era tan sólo un viejo conocido.

El chico con el que se había citado aquella tarde era uno de los hijos de la vecina de sus padres, tenía un par de años más que ella y siempre le había parecido “mono”. Hacía casi diez años que no sabía nada de él, pero hace un par de semanas, en una de las visitas que le hacía a sus padres, se le cruzó por la escalera. 

Estaba como siempre… bueno, casi. Su pelo largo de la adolescencia había desaparecido y un serio pelo corto le acompañaba ahora. Aquella delgadez extrema, había sido sustituida por un cuerpo bastante trabajado y definido. Sus ojos verdes brillaban igual que cuando por las noches, al volver juntos de la calle, le miraban al despedirse.

Ambos habían cambiado un poco, ella ya no era la princesita que vio hace dos semanas, que casi siempre llevaba un vestido, y el pelo suelto, que cubría sus ojos azules con unas enormes gafas de sol, y que, siempre veía el mundo desde una superficie que no era la suya.

Llegaba tarde, aquel ataque de cambio, había hecho que se retrasase. Le vio desde lejos, estaba apoyado contra la pared al lado de la puerta del bar. Cuando llegó allí, ese chico que años antes se hubiera reído de su aspecto, no dijo nada. Se dieron dos besos, y él, le abrió la puerta para que pasase.

Buscaron una mesa, lo más alejada de la puerta posible, le retiró la silla para que se sentase. Todo un caballero. Le preguntó que quería tomar y se acercó a la barra para pedir. Ella, desde la silla, le miró de arriba abajo. Aquel muchacho era ahora un hombre. Llevaba unos zapatos negros, unos pantalones negros y una camisa blanca, con las mangas recogidas. Ciertamente, el muchachito que conocía desde hace años, había mejorado mucho.

Él volvió con un refresco y un whisky. Se sentó frente a ella, y le preguntó por aquel cambio. Entre lágrimas le explicó que necesitaba un cambio. Escucho atento, sin mover un solo músculo, sin pestañear apenas y no dijo una palabra hasta que terminó.

Él, borró las lágrimas de su cara con sus manos, muy despacio, muy suave. Nunca fue un tipo con demasiadas palabras, pero cogió una servilleta de papel, y se levantó a pedirle un boli al camarero. Volvió a la mesa y tan sólo necesitó un puñado de letras y unos pocos segundos.

“El cambio empieza aquí. Escribamos juntos el camino”.

Dobló la servilleta y se la dio. Ella la desdobló despacio, leyó aquello y por primera vez en todo el día… sonrió.


Estuvieron en aquel café hasta que cerraron. Después deambularon hasta pasada la media noche por las calles vacías. Habían empezado a escribir su camino.  

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