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21.11.13

Cajas marrones

Un mes. Tan sólo un puñado de días, horas minutos y segundos. Todos desperdiciados. Sin poder tenerla a mi lado. Los treinta días más oscuras de mí relativamente corta existencia. Días en los que unas nubes grises invadían mi alma, perdían mi mirada y acallaban mi risa. Nunca fui ese tipo de muchacho que amaba loca ni desesperadamente, era más amigo de la razón que del corazón.

A ti, que no hubiese hecho por ti. Nunca llegué a decírtelo, aunque siempre lo deseé. Y es que, un par de horas antes de que dejases todo esto para siempre y comenzases de nuevo en un lugar a más de un millar de kilómetros de aquí, volví a verte.

Me invitaste a subir a tu casa. Al abrir la puerta, la primera imagen… desoladora. Aquel piso, que años atrás tantas veces llenamos de pasión esas noches de sábado… estaba ahora vacío. Lleno de nada. Carente de todo. Las cajas, de ese tono marrón tan lúgubre, se apilaban cuidadosamente cerca de la entrada. Te marchabas.

Me dejaste hablar mientras terminabas de llenar esas malditas cajas que te iban a separar de mí. Apenas pude decir nada, bueno, nada importante. Palabrería y mentiras. Con esa falsa sonrisa que tan bien se me da poner… te pedí que no tardases demasiado en volver. Me miraste extrañada. Feliz y triste, con ganas de besarme y abofetearme. Tu última mirada, tan llena como siempre. Aquel día, tus ojos grises se volvieron negros, tu sonrisa voló con mis sueños.

Nos despedimos, y antes de montar en aquel taxi, me volviste a besar. Me besaste como la primera vez, sin pausa, sin tiempo. Tanto me recordó aquel beso… que cuando ya te alejabas y no podías oírme susurré: “Vuelve, que yo, todavía… te quiero”. Mientras aquellas palabras escapaban de mi boca, agitaba la mano como un idiota. Como un niño, que sabe que va a pasar todo el verano encerrado en ese internado, pero la última sonrisa de su madre vale más que cada llanto nocturno.

Y así, cuando una lágrima recorría mis mejillas, el taxi que se me llevaba media vida, giró la esquina.
En la primera semana, sólo pensaba en ti, en la segunda en mí. La tercera en nosotros, y ahora que termina la cuarta… te puedo decir, que nunca dejé de pensar en lo que he perdido sin ti.


No te lo dije antes de que te zambulleses en aquel taxi, pero ahora, que espero que no me leas, te digo que no te olvido, que sin ti apenas vivo, que vuelvas, que te quiero, que te echo de menos…

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