Un mes. Tan sólo un puñado de
días, horas minutos y segundos. Todos desperdiciados. Sin poder tenerla a mi
lado. Los treinta días más oscuras de mí relativamente corta existencia. Días
en los que unas nubes grises invadían mi alma, perdían mi mirada y acallaban mi
risa. Nunca fui ese tipo de muchacho que amaba loca ni desesperadamente, era
más amigo de la razón que del corazón.
A ti, que no hubiese hecho por
ti. Nunca llegué a decírtelo, aunque siempre lo deseé. Y es que, un par de
horas antes de que dejases todo esto para siempre y comenzases de nuevo en un
lugar a más de un millar de kilómetros de aquí, volví a verte.
Me invitaste a subir a tu casa.
Al abrir la puerta, la primera imagen… desoladora. Aquel piso, que años atrás
tantas veces llenamos de pasión esas noches de sábado… estaba ahora vacío.
Lleno de nada. Carente de todo. Las cajas, de ese tono marrón tan lúgubre, se
apilaban cuidadosamente cerca de la entrada. Te marchabas.
Me dejaste hablar mientras
terminabas de llenar esas malditas cajas que te iban a separar de mí. Apenas
pude decir nada, bueno, nada importante. Palabrería y mentiras. Con esa falsa
sonrisa que tan bien se me da poner… te pedí que no tardases demasiado en
volver. Me miraste extrañada. Feliz y triste, con ganas de besarme y
abofetearme. Tu última mirada, tan llena como siempre. Aquel día, tus ojos
grises se volvieron negros, tu sonrisa voló con mis sueños.
Nos despedimos, y antes de montar
en aquel taxi, me volviste a besar. Me besaste como la primera vez, sin pausa,
sin tiempo. Tanto me recordó aquel beso… que cuando ya te alejabas y no podías
oírme susurré: “Vuelve, que yo, todavía… te quiero”. Mientras aquellas palabras
escapaban de mi boca, agitaba la mano como un idiota. Como un niño, que sabe
que va a pasar todo el verano encerrado en ese internado, pero la última
sonrisa de su madre vale más que cada llanto nocturno.
Y así, cuando una lágrima
recorría mis mejillas, el taxi que se me llevaba media vida, giró la esquina.
En la primera semana, sólo
pensaba en ti, en la segunda en mí. La tercera en nosotros, y ahora que termina
la cuarta… te puedo decir, que nunca dejé de pensar en lo que he perdido sin
ti.
No te lo dije antes de que te
zambulleses en aquel taxi, pero ahora, que espero que no me leas, te digo que
no te olvido, que sin ti apenas vivo, que vuelvas, que te quiero, que te echo
de menos…
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