Dibujar
sonrisas en rostros ajenos. A eso me dediqué algún tiempo. Puede llegar a ser
gratificante ver a quién no para de llorar, esbozar una leve sonrisa a causa de
tus estupideces. Y ver a aquel que siempre sonríe, hacerlo con más fuerza por
tus palabras.
Nunca
se me dio demasiado mal. Aunque jamás aprendí a dibujarlas en mis labios.
Escucho sonrisas, veo risas, dulces momentos que soy capaz de generar, o eso me
han hecho creer.
Fue
bonito. Jamás nadie me lo agradeció tanto como ella. La encargada de hacer que
este que ahora se encarga de dibujar sonrisas llevase una permanente. Ella,
quién siempre estaba feliz, incluso mientras lloraba.
Qué paradoja, llorar y
ser feliz. Sonreír y estar triste. Vivir y querer morir. Morir… y arrepentirse
de no haber vivido.
Temo
que llegue el fin, y desear haber aprovechado más cada instante. No momentos en
general, si no, los momentos junto a ella. Cada despertar, cada anochecer y
amanecer, cada caricia, cada mirada, que tanto me decía sin separar sus labios.
Y
es que, además de las sonrisas, las miradas pueden hacer magia. Puedes reír,
querer, sentir, disculparte… Debemos aprender a mirar, y mirar queriendo.
La
echo de menos. Quiero volver a despertar y que no sea un sueño. La quiero
volver a mirar, y que sea, de verdad…
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