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20.6.16

¡Qué bien!

Una especie en extinción, de sonrisa completa e inconsciente, permanentemente radiante y con destellos de felicidad. De ojos vivos, curiosos, que hacen que se sumerja hasta el fondo y entre la maraña de dudas, te arrastre hasta la superficie, como si fuese la encargada de rescatar barcos hundidos, esos que nadie sabe si tienen monedas de oro o baratijas, ella siempre se arriesga, y todo brilla, pero es por ella. La he visto bucear en las pupilas más hastiadas y desoladas del mundo y reflotar en ellas un breve ápice de esperanza, es capaz hasta de descolgar sonrisas en labios impertérritos, pues se desvelan en su presencia y dejan que salgan brillantes restos de algún tipo que alguna vez fue algo parecido a lo que ella consigue hacer que aflore.

Probablemente no se hayan percatado de su presencia, pues necesitan indagar más entre sus cabellos y en torno a sus labios para poder conocer mejor todo lo que esconde. El lienzo de su rostro invita a que las manos se deslicen sobre él, casi sin rozarlo, pero sintiéndolo. Unos labios desgastados, devastados por las frías costumbres de un lugar tan lejos del suyo. Pero aún así, contra viento y marea ella no ceja en su empeño de sonreír. Armónicamente imperfecta, se erige como un halo de luz entre la oscuridad cegadora.

Absolutamente incapaz de abandonar. Irremediablemente curiosa e innegablemente aventurera, quizás todo eso la lleve a un agónico final en el que todos lo lamentarán y ella estará orgullosa de todo lo que ha descubierto. Pero lo mejor de todo esto no es descubrir todo aquello que esconde, sino poder presenciar esos momentos en los que ríe y se vuelve desconcertantemente bella, ella no tiene ni idea de eso, pero llega un instante en el que te envuelve con cada carcajada, se deja caer y te ayuda a levantarte.

Es indescriptible en muchos aspectos. Pero quizás si ven esa sonrisa, sólo con eso, sean capaces de descubrir quién es. Sólo entonces, cuando sus manos se encarguen de enmarcar el rostro que se coloca ante ella, serán capaces de entender que es imposible volver a separarse de esas pequeñas cosas que da sin saber. Muchas veces teme todo lo que hace, piensa que es imposible volar en compañía y razón no le falta. No hay vuelo más bello que el suyo, en soledad.

Los demás, simples mortales debemos conformarnos con permanecer anclados a un suelo en el que ella una vez naufrago, verla volar alto, todo lo alto posible, hasta confundirse con las nubes y dejar que cuando caiga en picado, aterrice en unos brazos en los que llorar, sólo hasta recuperarse de nuevo, y volar.


“Y no nos deberían haber dejado nada más que la capacidad de ser ríos, para huir o para dejarnos llorar. Y huimos hasta encontrarnos y nos dejamos llevar hasta que necesitamos huir. Ahora vuelas, lejos, a diez mil pies de altura sobre mi cabeza, y aquí dentro, sigues, como si jamás te hubieses ido, como si aún siguieses respirando sobre mí, en mi costado, llenando de latidos un corazón que estaba congelado”. M.




4.6.16

Y tú, aquí, de nuevo...

La tormenta perfecta, la calma antes de que se desate la tempestad. Esa inhóspita tranquilidad que se vive en el ojo del huracán. Todo eso era ella, la aceleración perfecta de una suma de historias que convertían su vida en una sola cosa, una sensación constante de inseguridad. Es, en suma, el cúmulo de una serie de ideas y circunstancias que se quedan adheridas a su coleta y que cuando se suelta el pelo y comienza a brillar, desaparecen. Deja paso a una mirada clara, nerviosa y agitada, que busca incesantemente algo que hacer o decir, pero más pausadamente, como si estuviese fuera de sí.

Ahí llega. Un ruido de tacones anticipa una sombra alargada y esbelta. Con el pelo suelto, despreocupada, avanzando sin temor en un mundo en el que los peligros no dejan de acechar. Pero a veces siente que tiene el control de todo, y se desata, como si nada atenazase su estómago o sus piernas y le permitiese caminar sin esa pesada carga que vive instalada en su cabeza. No verán que eso suceda muy a menudo, pues ni ella misma se permite tomar las riendas de una vida que se presenta delante de ella y se niega a pisar con firmeza y determinación.

En algunas ocasiones se descubre, se deshace de todo eso que nubla sus ideas y se deja ver. Deja que de sus labios se descuelguen tímidas sonrisas, que todo vaya a una velocidad más lenta, que todos puedan ver en su máximo esplendor a alguien que aún no se ha dejado ver por completo y que está a punto de eclosionar. Baja las revoluciones hasta igualarse con el resto del mundo pero evidenciando la perfección que oculta bajo esas amplias pestañas y esa mirada tan cálida. Aunque no siempre es así, en ocasiones puede dejarte helado con un gélido gesto de esos ojos radiantes.

Magistral, anticiclónica, radiante, incontestable, novedosa, anárquicamente perfecta. En resumen, ella.


“Que nada te haga cambiar, porque algún día te descubrirás y comenzarás a morder ese mundo que tantas veces te aterra. Tan sólo debes encontrar el momento perfecto para comenzar a conquistar todo aquello que deseas, porque está ahí, en tus manos”. 

1.5.16

Ruleta rusa

“Y si todas mis despedidas tienen que ser con un beso a esos labios tuyos repletos de lágrimas, nunca dejaré de volver, para poder besarte siempre como esa primera vez”.

Ella, olía a beso a la desesperada en un andén de estación de tren abandonada. A una ducha con agua tibia después de llegar a casa empapada. Era, tan sólo, una vaga idea en mi cabeza, pues de ella no me quedaban más que las prisas por escapar y algún que otro mensaje fugaz en busca de unos brazos telemáticamente perfectos para llorar.

Él, olía, a libros viejos, a libros nuevos, a palabras apresuradas en unos labios llenos de carmín. Olía, a una historia triste y sin final aparente. Era una imprecisión constante en busca de unas piernas lo suficientemente largas como para no volver a pisar el suelo.

De sonrisa ecléctica, ojeras punzantes, mirada eléctrica, llanto grave, risas lúgubres, miradas ardientes y besos heladores. La mujer perfecta para un tipo que está tan muerto por dentro que las enredaderas están comenzando a apoderarse de sus pies, rozan el estómago y se lo mantienen cerrado, como si de una montaña rusa se tratase.

De miradas apagadas, sonrisas borradas, ojeras perpetuas, labios sellados y palabras sin destino. El hombre perfecto para la mujer rota, desgastada por los costados de tanto respirar sin aire, de tanto llorar sin lágrimas y de tanto borrar a golpe de tinta las puñaladas.

La pareja perfecta.  Una depresión subida a un tren sin destino, que va en una bala de pistola que juega a la ruleta rusa. Se dispararon cinco veces sin éxito, sabían que la próxima vez tendría dentro esa última bala, la definitiva. Olvidaron dispararse, por el momento, prefirieron volver a volar hacia nunca jamás, en busca de ese tesoro perdido, la inocencia y las ganas.

Se encontraron allí, atados el uno al otro por los tobillos. Se cayeron cien veces antes de dar cuatro pasos seguidos. Se acostumbraron a caminar, los dos, de la mano. Guardaron en la guantera de un viejo Mustang aquel revolver con una sola bala. Para que cuando llegase el momento de la máxima desolación, tan sólo hubiese que apretar el gatillo para culminar esa hazaña que algunos hubiesen llamado amor.

Un primero de mayo. Un ruido sordo en un piso del centro de la ciudad. Platos intactos, copas perfectamente colocadas. Un beso en la mejilla. Unas sonrisas veladas bajo las sábanas.

La mujer de las ojeras como las agujas de la catedral y el hombre repleto de palabras que no había escrito, se quisieron, como si todo hubiese pasado.


Sólo había comenzado.

26.3.16

Lo teníamos todo

Lo teníamos todo, estábamos condenados a la completa felicidad.

Yo me dedicaba a extirpar con precisión clínica de su espalda mojada, de tanto caer entre sueños y dar con la maldita realidad, sus recuerdos, para poder dejarlos grabados a golpe de letras en mi memoria y en mis dedos para poder devolverlos cada noche a esa espalda que se encontraba llena de cicatrices. Ella, por el contrario, se encargaba de elevar, hasta el cielo de su boca, por lo menos, mi estado de ánimo. Ambos nos dedicábamos a acumular vistas perfectas del otro. Mi mejor vista era ella.

Todo partía de mis agotadas pupilas, que se fijaban distraídamente en sus labios, perfectos, partidos por el frío y abiertos por esas lágrimas saladas que tantas veces había tenido que derramar, pero perfectos. Esos labios, cosidos, el uno al otro en un intento desesperado para retener las palabras, para que a pesar de luchar con todas sus fuerzas y colarse entre esos dientes que mordían para amar, no pudiesen atravesar el muro débilmente invisible de sus labios. Todo eso se ocultaba en, y tras sus labios. Creo que no dejaba que escapasen porque le parecían demasiado frágiles como para poder volar en este mundo tan rudo, superfluo y etílico.

Después de sus labios, me perdía en sus ojos, más oscuros si cabe que esta alma mía, que crepita cada vez con más fuerza, cuando siente que te has ido y que puede que jamás vuelvas. Profundos como abismos, pero tan llenos de esa vida que me faltaba, que era imposible dejar de contemplarlos. Un mechón de pelo cubría su ojo izquierdo, siempre aparecía en mitad de sus profundas reflexiones, sus irreverentes contestaciones y cuando era incapaz de controlar ese desacompasado y perfectamente rítmico movimiento que envolvía todas y cada una de sus acciones. Y yo, tatuando cada gesto en mi memoria, me quedaba embelesado en esa asimetría perfecta de su baile.

Su nariz, rota en la parte más alta, descendía hasta permitir que encontrase su pequeña cicatriz en el labio derecho, que acariciaba despacio con la yema de mis dedos, para no permitirme olvidarla. Unas facciones perfectamente regias, que se dibujan ante mí cada vez que puedo tener el lujo de evocarla con palabras.

Un cuerpo inmaculado, cosido con tinta en el costado y en la cadera, con unas palabras que eran tan nuestras que nunca jamás nadie podrá volver a pronunciarlas sin sentir un escalofrío recorriendo su espalda, para que todos sepan, que fueron más nuestras que de nadie en el mundo.

Sus vistas, se centraban en un pobre tipo, desahuciado y acuciado por una carencia de palabra y obra. Un monumento andante a la decadencia. Con un breve don para recordar todo aquello que necesitaba ser fijado en las pupilas y en los recuerdos, pero incapaz de generar algo digno de ser recordado. En suma, un tipo que tenía menos de lo que quería, pero gracias a ella, mucho más de lo que merecía.

Lo teníamos todo, parecíamos condenados a la eterna felicidad. Y así fue, hasta que una noche, sumido en ese afán de cerrar cicatrices para siempre, se volvió contra mí.

- “¡Vuelve!” – gritó poseída.

Descerrajó una especie de disparo emocional justo en el cielo de mi boca. Todo saltó por los aires, pero tenía razón. Esa acuciante falta de vida parecía hasta impropia de mí. Se levantó de la cama, se puso una de esas camisetas blancas de tirantes, que dejaba entrever todo lo que escondía y que se ceñía por encima de esa cintura perfecta. Se encerró en el baño, comenzó a sollozar.

Y yo, me quedé ahí, como si todo aquello fuese un mal sueño, porque lo teníamos todo, estábamos condenados. Condenados. Ahí quedó mi cabeza, estábamos condenados.

Espero volver y cumplir esa condena a la eterna felicidad, y que sigas ahí, esperando a que seamos nosotros los únicos en hacer realidad cada una de las palabras que llevas cosidas al cuerpo con sangre y tinta.

Al fin y al cabo, las condenas eternas jamás pueden terminar. Tendremos la resiliencia suficiente como para poder cumplir todas esas promesas que se nos quedaron en los dedos y en los labios, también esas que aún hoy caminan engarzadas a tu pelo.




8.3.16

Cuerdas

Nos rasgamos las bocas como si de las cuerdas de una guitarra se tratase, y lo hicimos tan desesperadamente como aquellos que saben que el incierto futuro les separará para siempre. Si bien es cierto que no nos separaríamos entonces, sí que vislumbrábamos uno de esos finales anunciados, como la muerte que narra Márquez. Quizás, fue eso lo que nos impulsó a destrozarnos de aquella manera, a borrarnos las comisuras para poder tatuarlas en nuestras retinas, y, a besarnos como nunca antes habíamos hecho.

Nos digerimos lentamente, saboreando cada ápice de nuestros ya desgastados labios, y nos comimos una y otra vez, hasta que no dejamos ningún rastro del uno sobre el otro. Algo así como un último intento desesperado por recordarnos para siempre, a pesar del fuerte efecto que pronto ejercería el olvido sobre unas pupilas marchitas, que una vez estuvieron repletas de ganas.

La caída de dos gigantes, sus ojos, y mis letras. Me desgasté las yemas de los dedos, de tanto describirla en cientos de papeles repletos de espacios y carentes de ideas, esas, que antes la habían recorrido de arriba abajo, haciéndose dueñas de cada pliegue de su piel. Sus ojos, se quedaron mudos y se quebraron en más de mil pedazos, cuando rota por la inconsciencia de ese estado de perpetua dependencia, me dijo que no podía más, que ya no (me) podía querer más. Una última declaración de todas esas intenciones que se quedaron ahí, entre mis yemas y sus pupilas.

Se tatuó resiliencia en el costado, yo me resigne a ser mediocre. Las dos cruces de una historia tan triste como nosotros, cuando negábamos callados todo lo que éramos, pasión, sutileza, silencios y secretos. Nos dedicamos mil y una historias, cruzadas entre nuestras id(e)as, de lo que somos, y venidas. La desdibujé cada noche, hasta crearla de nuevo, se desvaneció, como la arena de playa que se escapa entre las manos.

Y volvió. Y nos tocamos las cuerdas rotas, para curar viejas cicatrices que aún supuran recuerdos. Así seguimos, destrozándonos muy de vez en cuando para poder reconstruirnos, cual ave fénix de sus cenizas. Ella desde mis manos, yo desde sus ojos.