Un
tenue escalofrío recorrió su espalda cuando él, con su labio partido, por las
desventuras de una noche demasiado larga, le buscaba la media sonrisa escondida
entre las dos puertas de su boca.
Él,
era el típico tipo que no dependía de nadie, que andaba buscando más tarde que
pronto una buena falda en la que pasar más de una hora al calor de un alma, que
al contrario que la suya, no estuviese cosida a retazos entre las piernas de
algún amor que no duró.
Ella
sabía de sobra que aquel tipo desaliñado, con una nariz contundente, unas
facciones rudas, unos ojos penetrantes, y unos labios rotos por la torpeza a la
hora de elegir con quien jugarse los cuartos, no era lo que necesitaba.
El
escalofrío por fin remitió, pero una electrizante sacudida recorrió sus piernas.
El vestido de niña bien, hacía juego con ese pelo tan de princesa que se
gastaba. Y era, sin dudar, el contrapunto perfecto a los vaqueros y la camisa
del mal entendido como hombre.
Después
del escalofrío y la electrizante sacudida, su piel se erizó cuando las manos de
él resbalaron bajo el vestido, buscando, con bastante éxito, algo que poder
llevarse a la boca. No aguardó más que un par de segundos, y cuando ella,
ruborizada por la maniobra casi suicida pestañeó durante unos segundos, se deshizo
hábilmente del vestido.
Allí
quedó, descubierta ante ese tipo curtido en más de mil camas, luciendo un torso
y un físico digno de una modelo, con su ropa de encaje, especial, demasiado
para un tipo de lo más normal. Él, se descubrió ante ella, y dejó ver su
tonificado cuerpo.
Volvió
a ruborizarse de nuevo.
Así,
es como un escalofrío cualquiera, un día cualquiera, te lleva a una noche como
ninguna…
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