Las
nubes, temerosas, se cernían sobre su espalda desnuda. Antes, estuvo cubierta
por infinidad de sueños, besos y caricias. Pero ahora tan solo queda un halo
infernal que le recuerda lo que nunca fue y lo que pudo ser.
Llevaban
acechándola durante demasiado tiempo, aunque ella trataba de aferrarse al
último rayo de sol para salvarse. Él era el último rayo, la penúltima
oportunidad de no caer en el abismo.
Todo.
Nada. Jugaba a un único número su destino. Veintitrés, rojo, impar. Él, sin
embargo jugaba a otra cosa, a buscar sus labios cada noche al despedirse, a
encontrar, entre el fango, una brillante sonrisa con la que dormir cada noche.
Ambos
se aferraban a una almohada rota por los costados, dejaban que los sueños traspasasen
y las ilusiones se fuesen, sin querer, a otro lugar donde dormir. No quedaban
horas suficientes para tapar esa pobreza interior que les caracterizaba, pero
tenían un instante.
Aquel
instante, sin duda, cambio sus vidas. Él, por fin encontró ese beso entre
sonrisas que tanto buscaba. Ella, se deshizo entre las nubes para poder
convertirse en sol, su espalda, ahora mojada, soñaba mejor.
Sus
heridas cicatrizaron, sus almohadas también. Se acompañaron mil y una noches,
jugando al veintitrés, rojo, impar. El número que les dio la vida, el color de
su amor, y las veces que se echaban en falta cada día…
A
veces, cuando estás perdido, y te sumes en la oscuridad, tienes que dejarte
llevar, jugar, apostar. Querer. Aunque sea sin saber, sin querer…
Yo
quiero, un 14, colgado de tus labios…
No hay comentarios:
Publicar un comentario