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28.5.14

Veintitrés, rojo, impar...

Las nubes, temerosas, se cernían sobre su espalda desnuda. Antes, estuvo cubierta por infinidad de sueños, besos y caricias. Pero ahora tan solo queda un halo infernal que le recuerda lo que nunca fue y lo que pudo ser.

Llevaban acechándola durante demasiado tiempo, aunque ella trataba de aferrarse al último rayo de sol para salvarse. Él era el último rayo, la penúltima oportunidad de no caer en el abismo.

Todo. Nada. Jugaba a un único número su destino. Veintitrés, rojo, impar. Él, sin embargo jugaba a otra cosa, a buscar sus labios cada noche al despedirse, a encontrar, entre el fango, una brillante sonrisa con la que dormir cada noche.

Ambos se aferraban a una almohada rota por los costados, dejaban que los sueños traspasasen y las ilusiones se fuesen, sin querer, a otro lugar donde dormir. No quedaban horas suficientes para tapar esa pobreza interior que les caracterizaba, pero tenían un instante.

Aquel instante, sin duda, cambio sus vidas. Él, por fin encontró ese beso entre sonrisas que tanto buscaba. Ella, se deshizo entre las nubes para poder convertirse en sol, su espalda, ahora mojada, soñaba mejor.

Sus heridas cicatrizaron, sus almohadas también. Se acompañaron mil y una noches, jugando al veintitrés, rojo, impar. El número que les dio la vida, el color de su amor, y las veces que se echaban en falta cada día…

A veces, cuando estás perdido, y te sumes en la oscuridad, tienes que dejarte llevar, jugar, apostar. Querer. Aunque sea sin saber, sin querer…


Yo quiero, un 14, colgado de tus labios… 

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