Y es que, el amor de aquella mujer lo hizo más hombre y más niño a la vez. Cuando le dejó, el niño se perdió para no volver jamás, y el hombre, tras un disfraz, salió a la calle a ahogar sus penas en un vaso del que no se permitía ver el fondo.
El vaso nunca estaba vacío, y su alma nunca estaba llena. La tristeza le embargaba por momentos, y el alcohol, la ahuyentaba todo lo lejos que se podía permitir.
Un lluvioso día de otoño mientras deambulaba por la calle la vio. Agarrada a un tipo, muy arreglado y formal. Le dieron ganas de ir y presentarse, pero entonces, escuchó su sonrisa y vislumbró su risa entre la lluvia.
Se sentó en las escaleras y decidió que era mejor no levantarse, el agua le caló hasta los huesos, pero su
corazón estaba aún peor. Nunca se levantó de allí, ni le dijo; “Quédate, te necesito” a aquella morena, que un día estuvo a su lado.
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