También pasas de la gente, de tus amigos, de sus amigas, de ella y de toda la vida en general. Tan sólo sales de tu casa a una hora prudente para tratar de evitar a todos y te refugias en el primer bar, lo más horrible posible, y con cantidades ingentes de humo en su interior, para no ser visto.
Le pides a ese camarero, que tras tantos años ha comenzado a odiar la profesión, aborrece a los borrachos y ya ni se molesta en innovar ni aprender nada nuevo, el mejor whisky que tenga. Te sirve algo que se le parece y al tercero o cuarto comienzas a atontarte, no es bueno, pero te sirve para borrar y apurar las últimas horas del día.
Y a eso de las doce de la noche, tambaleándote te mueves mientras el camarero te dice que va a cerrar. Le pides la penúltima pero no te hace caso, arrojas un puñado de monedas para pagar el último trago que tomaste y te vas. Nada más pisar la calle hasta las luces de las farolas te molestan, las aceras te parecen estrechas y el aire limpio que llena tus pulmones te hace toser.
Piensas en buscar otro bar, pero decides, que es mejor irte a casa. Llegas como puedes hasta el portal, rebuscas en tus bolsillos la dichosa llave que abra la puerta, y tras encontrarla y varios intentos fallidos, como si de magia se tratase, se abre la puerta. Llamas a ese ascensor, que estas harto de ver, y cuando entras, aparece el reflejo de un tipo que tiene un aspecto horrible. Dentro de ti piensas que tú nunca serás así, pero te acercas al espejo y te descubres.
Se hace largo el camino. De pronto el infernal artilugio se para, las puertas chirrían al abrirse, y avanzas, lento pero seguro. Te paras en mitad del pasillo intentando decidir la dirección correcta. La izquierda.
Llegas, abres, cierras la puerta y te derrumbas tras ella. Te quedas allí sentado, con la espalda apoyada en la puerta, comienzas a reflexionar y te quedas dormido.
Ha sido un día pésimo.
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