Sus ojos, del mismo color que las nubes de tormenta,
eran muy grandes. Su sonrisa, casi perfecta, era capaz de iluminar toda una
habitación que estuviese a oscuras. Su nariz, pequeña, pero divertida, hacía
que el conjunto de su cara fuese muy especial. Su pelo era tan negro como una
noche sin estrellas, lo llevaba siempre suelto, y el viento, no perdía la
oportunidad de jugar con ello. No era demasiado alta, a pesar de llevar siempre
tacones. Su figura esbelta, y aquella belleza y felicidad que radiaba, hacía
que fuese imposible no mirarla. Se llama Clara. Y yo, la veo pasar cada día
delante de mis ojos. Hace meses que me levanto más temprano cada mañana para
poder cruzarme con ella, para mantener nuestras miradas fijas el uno en el otro
durante unos segundos…
Pensaréis que estoy
enamorado de esa chica, puede ser. Nunca he cruzado dos palabras con ella, pero
no lo necesito. Esas miradas que intercambiamos cada mañana de lunes a viernes,
de camino a nuestros destinos, son suficientes. Ver esos ojos cada día, que me
miran, y hacen que algo dentro de mí, mueva un mecanismo que dibuje una tímida
sonrisa, es suficiente. No necesito más que verla cada día. Sentir su perfume
cuando ella pasa de largo. Así, ya hace mi mundo un poco mejor.
¿Cuánto necesitas de los
demás para ser feliz? ¿Es amor lo que sientes? Yo, no lo sé, ella, me hace
sonreír. No puedo pedir nada más, no quiero tener nada más.
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