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2.2.16

Olvid.arte

Digamos que temo olvidar todo aquello que te encargaste de grabar a fuego en mi memoria, porque si todo eso sucede, este corazón que late intermitente, puede que cese en sus intentos de llenarme de vida, y me lleve. Tan lejos de ti, que será imposible que me recuerdes.

Porque en el fondo, tan sólo vivimos de eso, de unos recuerdos que nos marcaron tan profundamente las pupilas, que a cualquier sitio al que dirijamos nuestra vista, aparecemos nosotros mismos. Comiéndonos las costuras de todas aquellas cicatrices que nos habían marcado antes de encontrarnos, devorando, entre tus labios abiertos y mis ojos cerrados, una historia que parecía no querer terminar, pero que frenó en seco una tarde de noviembre, bajo un sol cansado que no calentaba y unas hojas funestas que no dejaban de caer.

Me mintieron tus ojos, espero que no puedas negarme esto jamás. Nos despedimos fríamente, con un abrazo que nos quemaba a los dos, lleno de palabras que debería haber dicho para mantenerte aquí, a mi lado, y completamente lleno de una infinidad de gestos que te guardaste para algún día, porque sé, que volveremos.

Y ahora, los dos, rotos por una distancia que nosotros mismos marcamos, por unas líneas que nos esforzamos en repasar una y otra vez, para hacernos frontera, esa que hace unos meses era la que marcaban tus caderas a un ritmo exagerado mientras caminábamos, no porque fueses inalcanzable, sino porque todo aquello que se ponía ante nuestros ojos, con unos simples pasos quedaba atrás. Tu frontera de nuestra historia.

Ahora nos asaltan las dudas de futuro, repletos de gatos y en soledad, pero volveremos, nos juramos volver, jamás de palabra, pero espero que esa idea aún habite tu cabeza, porque esta historia no puede acabar en un mes de noviembre. Nos quedan palabras, regalos y experiencias por disfrutar, los dos. Y me temo, que esto, como todo, tiene un maldito final, abrupto, desolador, pero que sea en un día con sol, que nos lloremos (por dentro y por fuera) y que nos marquemos. Porque no sólo los malos recuerdos y las heridas dejan cicatrices.

Yo, ahora que ya no sé lo que seremos, aspiro a quedar grabado en esa espalda angelical tan tuya, repleta de cicatrices tatuadas. Ahí, en un puesto de honor, espero que escribas con tinta azul mi nombre y nuestra historia, porque te acompañará siempre. Y si tus ojos azules se hacen niebla, tus recuerdos te abandonan y mis días sin ti nunca acaban, te acompañe quien te acompañe, verá esa tinta del azul de tus ojos plasmada en tu espalda, y por mucho que pase el tiempo, sé que seguirás recordando todo lo que no nos dijimos en aquella tarde de noviembre, que espero, no sea un punto final.

Por mi parte, prometo, ¡qué ironía!, no olvidarte jamás. Creo que es imposible. También te digo, que algún día te grabare a sangre, aguja y tinta. No con tu nombre, pues sería demasiado fácil evocar así todo lo que suscitas en mí, pero puede que sí con algo tan tuyo que me haga verte cada vez que recuerde que te llevo en la piel. Puede, que si eso sucede, sea demasiado tarde como para que lo sepas, pero no hace falta, al menos, de momento, te tengo grabada a fuego.


“Que te espero, sin esperanzas, pero con ganas”.

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