Y
cómo pueden decir que es amor, si nunca se han estremecido tus papilas
gustativas al rozar su piel.
La
suya, era tan ácida y electrizante como un limón exprimido directamente sobre
la lengua, aunque tenía esos toques dulces, tan característicos de su cuello.
Supongo, que eso también es algo importante, porque tiene la mezcla perfecta
entre ácido y dulce.
Tan perfecta como ese café que no tomamos,
porque sin mediar una palabra nos volcamos en una historia que parece no tener un
final.
Esa
mezcla, tan particularmente peculiar, como esos ojos, los que se escondían
entre mis pestañas los días de lluvia, en los que una mirada era suficiente
para decir que todo iba a ir bien.
Si
no han sentido que su piel se deshacía al tocar sus manos, siguen sin poder
decir que se han enamorado. Y no me digan que vale todo si uno quiere con todas
su fuerzas, porque si uno no siente algo diferente al querer, no puede decir
que está enamorado. Ni siquiera han tenido ese típico nudo en el estómago al
ver como se acercaba ella.
Y
es que ese instante en el que llevas meses sin verla, o la ves por primera vez
después de algo inesperado, hace que desaparezca absolutamente todo lo que
rodea a su figura. Pero eso no es lo mejor de todo, quizás, cuando escuchan su
voz, tenue y calmada, aunque distorsionada levemente por el teléfono móvil, sus
vellos se niegan a no reaccionar y una estúpida sonrisa se les dibuja en la
cara, eso sí puede ser lo mejor.
Pero
que les voy a decir del amor, si cuando roza mis labios tan sólo siento su
aliento ahí, al lado de mi intrépido pulso, como un leve silbido en una de esas
noches de verano en las que hace demasiado calor como para soñar.
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