“Ella,
estaba hecha a medida de mis costuras, desgastadas y rotas por las comisuras de
mis labios. Ella, que no sabía de la vida más que lo que le contaron una noche
en que la dieron por perdida, era la conjunción perfecta de desamor e ilusión
que podía completar mi vida.
Yo,
que por no tener no tenía ni sonrisa si no venía de sus labios, no sabía que
hacer sin aquella muchacha, que por culpa de una mala tarde me encontró, en ruinas,
delante de sus pupilas. Pero hay algo más allá de esto, unas curvas, sutiles y
difuminadas que hacían que encontrase la redención en cada uno de mis pasos por
su piel.
Y
aquellos labios, imperecederos, en los que encontré el consuelo de una boca que
quería escuchar los pecados que nunca me atreví a cometer. Esos ojos, que me
martirizaban al fijarse en mis pupilas y hacían que fuese hombre de una sola
mirada, la suya.
Sus
manos, el único remedio a mis pesadillas nocturnas, y sus cabellos, la única
almohada digna de ser soñada. Así era y es ella.
Pero
ya no quedan más que los despojos de un par de almas olvidadas en la esquina de
una cama, que no vivió más que llantos y sonrisas, y ahora que parece que se
acerca irremediablemente su fin, no deja de latir. Sus muelles se mueven al
compás de dos cuerpos desangelados, fríos y etéreos, que fingen seguir
queriendo que quieren querer.
Todo
acaba, nada que tenga principio se queda sin final. Y su final, y
desgraciadamente el mío, se acaba de ir tras una vieja puerta de madera que
crujió al sentir su marcha. Y sus pasos, tranquilos y satisfechos, se encaminan
decididos hacia un ascensor, que por fin la llevará al infierno del que me
rescató. Mis huesos darán al mismo sitio que sus piernas.
Pero
que más se puede pedir, si encontré el cielo entre el oasis de sus pechos, me
dio las llaves, y habitamos el paraíso durante largos meses.
Ella,
nada más.”
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