Cuando
ya has perdido todo, tu vida, la risa, la pausa y hasta la sonrisa. Ese momento
en el que ella ya se fue y tú apenas estás. Quizás, cuando ya has vivido un
final vivir el propio resulte más simple. Pero supongo que no será una tarea
fácil ver cómo tú mismo te diluyes en quien has sido y te vas apagando, poco a
poco, hasta quedar en ese silencio que no dice nada cuando aún está todo por
decir.
No
sé qué es lo que uno puede hacer para prepararse, pero puede que no tener miedo
y ser paciente sea la mejor medicina para afrontar el final. La paciencia, esa
virtud tan escasa que debería venderse en píldoras para poder tomarlas cuando
fuese necesario. Y el miedo, siempre he oído decir que es libre y cada uno
carga con lo que puede, pero no creo que sea necesario llevar al extremo esta
carga, hay que elegir y seleccionar con cuidado los miedos, aunque no es una
tarea fácil.
Y
cuando realmente no queda nada, y las habitaciones van gastando sus últimas
bombillas, nos refugiamos en ese lugar especial que tanto nos apasiona. Ese en
el que aunque tan sólo una tenue luz alumbre la estancia, reconocemos a la
perfección cada rincón. Y allí, disfrutamos esperando.
Se
acabó. Siempre termina, todo, de una forma u otra acaba tocando a su fin. Y ese
instante es el que nos permite volver a volver, creer, crear, comprender, y
afrontar lo que llegará. Puede que haya que saborear el más profundo dolor que
nos inunda en esos instantes para poder morder y obtener energías de donde tan
sólo quedaban esperanzas rotas y recuerdos.
Así.
Tocando el final del final, empieza el principio del fin. Allí. Donde el miedo
nos atenazo profundamente, resurgiremos cual Ave Fénix, en busca de la nueva
aventura y la próxima figura.
El
final. Temedlo. Aguardadlo. Y cuando llegue… Disfrutadlo.
Hoy.
Ayer. Ya ni sé cuándo, ella se fue, volverá y ya no será igual, pero seguiremos
luchando. Ganar o perder no tiene importancia si has luchado hasta el final.
Así.
Allí. Para ella. Para nadie. Para quien queda… y quiera.
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