Últimamente
no encuentro motivos para no olvidarme de olvidarte. Supongo que la distancia
marca el camino, abre el destino así su puerta en la que ni tu ni yo,
entraremos. Puede que tan sólo sea la señal inequívoca de esa incompleta
realidad que nos ocupa cuando, solos tú y yo, nos miramos a los ojos sin
complejos ni engaños. En ese instante en el que los dos dejamos de ser nosotros
para ser ellos.
El
estado sostenido de anhelada felicidad que me inunda cuando me dices te
necesito, se llega a hundir cuando me miras para decir por fin, que hasta aquí
llegó la aventura de no querer ser más que el que tú no querías querer.
Y
es que su risa, su pausa con prisas, las sonrisas distantes, las distancias
amargas y los vuelos de sus faldas, me hacían darle la razón al corazón cuando
decía que esto no era más que amor. Echando de menos acabe soportando de más.
Cuando ya no puedes caminar, tienes que parar un instante, sentarte a
reflexionar, cerrar los ojos y pensar.
Pero
si cierro mis ojos, solo la veo a ella. Esa que quiero querer olvidar, esa que,
aunque no se me olvida se perfila ante mis ojos, esperando para morir matando
entre sus labios, sus brazos y sus piernas.
Así
es como se reconstruye una historia que nunca comenzó, porque amor, esto sólo
lo vemos tú y yo. Nos perderemos en mil batallas entre tu espalda, nos
reconciliaremos en los brazos de Morfeo que sin querer, mecemos los dos en
sueños. Empaparemos las sábanas de la cama en lágrimas, risas y amor. Y sí,
cuando solo quedemos tú y yo. Entonces. Seremos tan solo los dos.
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