Ella,
seguía siendo la diástole perfecta para esa sístole, sin ritmo, que vagaba por
aquel maltrecho corazón.
Ella, que tan solo era ella. La bala perdida que él
encontró, que se clavó en su pecho y le dio algo más de pulso a su triste
corazón.
Ambos
latían a contrapunto en el camino que se habían marcado. Él, ponía las
canciones tristes. Ella, las rompía con aquel movimiento tan suyo de cadera que
le volvía loco.
Se
encontraron una fría noche, en la que él, buscaba alguien con quien calentar su
cama y ella, tan solo quería una noche que no acabase invadida por la
monotonía. Él, se acercó, con esa barba desaliñada, buscando en esos ojitos
verdes una buena compañía. Ella, que no se cortaba ni las venas para tragarse
las penas, le buscó, y le acabo encontrando. En la segunda esquina, sus miradas
se cruzaron, las bocas se encontraron y ella, con un fuerte aunque cariñoso
mordisco en sus labios marcó el terreno.
Él,
se aventuró por su espalda, se la jugó, y encontró el abismo, en el que ambos
se quisieron jugar la boca.
Apenas
llegaron a su casa, las escaleras del portal, y el ascensor fueron testigos de
la pasión. Ella, a tientas, abrió la puerta, mientras él perdía sus manos en
aquella mujer. Nada más abrir, él, haciendo gala de esa chulería que le
caracterizaba, la cogió en brazos, y con el filo de sus zapatos cerró la
puerta. No necesitaban ir más lejos.
Ella,
le desabotonaba la camisa, él se dejaba hacer. La dejó poner los pies en el
suelo, y él, sin saber, cayó de rodillas frente a ella. Comenzó a besarla bajo
aquellos pechos, que aún cubría el sujetador que ella se apresuró a quitar.
Recorrió el camino hasta su fuente de placer. La besó, como nunca con cualquier
otra, la comió a besos.
Allí.
Así.
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