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8.6.14

Movimientos del corazón

Ella, seguía siendo la diástole perfecta para esa sístole, sin ritmo, que vagaba por aquel maltrecho corazón. 

Ella, que tan solo era ella. La bala perdida que él encontró, que se clavó en su pecho y le dio algo más de pulso a su triste corazón.

Ambos latían a contrapunto en el camino que se habían marcado. Él, ponía las canciones tristes. Ella, las rompía con aquel movimiento tan suyo de cadera que le volvía loco.

Se encontraron una fría noche, en la que él, buscaba alguien con quien calentar su cama y ella, tan solo quería una noche que no acabase invadida por la monotonía. Él, se acercó, con esa barba desaliñada, buscando en esos ojitos verdes una buena compañía. Ella, que no se cortaba ni las venas para tragarse las penas, le buscó, y le acabo encontrando. En la segunda esquina, sus miradas se cruzaron, las bocas se encontraron y ella, con un fuerte aunque cariñoso mordisco en sus labios marcó el terreno.

Él, se aventuró por su espalda, se la jugó, y encontró el abismo, en el que ambos se quisieron jugar la boca.

Apenas llegaron a su casa, las escaleras del portal, y el ascensor fueron testigos de la pasión. Ella, a tientas, abrió la puerta, mientras él perdía sus manos en aquella mujer. Nada más abrir, él, haciendo gala de esa chulería que le caracterizaba, la cogió en brazos, y con el filo de sus zapatos cerró la puerta. No necesitaban ir más lejos.

Ella, le desabotonaba la camisa, él se dejaba hacer. La dejó poner los pies en el suelo, y él, sin saber, cayó de rodillas frente a ella. Comenzó a besarla bajo aquellos pechos, que aún cubría el sujetador que ella se apresuró a quitar. Recorrió el camino hasta su fuente de placer. La besó, como nunca con cualquier otra, la comió a besos.


Allí. Así. 

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