Sentía
que se le tragaba la tierra cuando ella ya no le miraba. Que él ya no era parte
de su mundo, que ya no compartían un espacio propio y vetado al resto del
mundo. Se acabó, sólo dos palabras que cortan como el cuchillo más afilado. Una
fría noche de verano se dijeron que no. Adiós. Se terminó. Así, sin aviso
previo, sin un tenemos que hablar y sin excusa aparente. Tan sólo unos ojos, ya
apagados, unos rostros cansados de decirse sí cuando era no. Allí, de aquella
manera tan extraña, sin besos, sin un solo roce. Así, sin ella, con ella, en
ese jodido banco que perdió hasta el color con aquella situación.
No se
lo veía venir, o sí, pero no quería percibirlo. Ya estaba, todo había acabado,
todo se había ido por el retrete. Tantos años de risas y momentos compartidos,
de besos a tientas, de instantes. Ellos, los instantes, pasaban como
diapositivas en su cabeza. Ahora el viaje a Londres de hace un par de años,
ahora su primer beso un día frío esperando el bus; y, después, el vacío de su
pérdida. Se había ido y los recuerdos no calentaban un corazón que ya se había
quedado frío, como si lo hubieran congelado de repente.
Roto
por la ausencia que le dejaba el no quererla. Perdido en ese mar de dudas, de
besos que no le dio, de sonrisas que no le devolvió, y de momentos que ya no
vivirá. Él a golpe de vaso olvidaba, ella, a golpe de helado, caja de pañuelos
y horas de llamadas, lloraba. Pero siempre que hay una pérdida se produce una
ganancia, redescubrieron la soledad, la ausencia. Al principio todo empieza con
su hueco en el colchón que, poco a poco, va desapareciendo; con una foto que
rezuma felicidad, y que, ahora, con sólo mirarla, provoca una punzada que le
hace sentir un dolor insoportable e indescriptible.
Sin
embargo, día a día, todo pasa y la vida vuelve a cobrar sentido, o eso parece.
De repente, un día cualquiera y sin mucho motivo, aparece alguien que hace
cambiar todo o, la mayoría de las veces, no pasa nada. Esta vez, sí pasó algo,
o alguien más bien. Hacía meses que no sabían el uno del otro, y se encontraron
en el lugar más inesperado, aquel banco. Él estaba con otra, olvidando lo
inolvidable y haciendo un dolor insoportable un poco más llevadero. Ella
caminaba recordando todo aquello, perdiéndose en recuerdos que habían perdido
el color.
No
obstante, ella pasó de largo sin mirar y con dolor, sin ganas de saber nada de
él, le dolió más de lo imaginable y de lo que esperaba. Ahogó las lágrimas que
luchaban por salir y se fue a casa, una vez allí sacó todos sus recuerdos con
él y los metió en una caja para tirarlos. Era hora de pasar página, pero no
contaba con que él cuando le vio, sintió la necesidad de luchar por lo perdido.
Dejó a la chica abandonada en el banco y se fue a casa de ella, esperaba que
aún viviera en el mismo lugar. Aprovechó que alguien saliera para entrar y
subir hasta su piso. Escribió una nota rápida, la coló bajo la puerta y llamó
al timbre.
Ella la
recogió y no pudo evitar descolgar de sus labios una sonrisa tonta que delataba
lo que aún sentía. No respondió a la nota, era la fuerte, o quería parecerlo.
Él no cesó en aquel intento de reconquista. Le deslizó una nota más, la enésima
en media hora, estaba a punto de rendirse. Rezaba así: “Te quiero, te quise y
te querré. Te necesito y quiero no volverte a perder de vista. Necesito sentir
tu aliento en mi espalda cada mañana al despertar.” Dos lágrimas surcaron su
cara, abrió la puerta y allí estaba él, sentado, esperando. Queriéndole. Se
levantó raudo y la besó. Buscó en aquellos labios la redención eterna de todos
sus pecados.
Se
enamoró, la coronó y la ascendió a los altares. Así, teniendo que bajar al
infierno para poder tener a un ángel del cielo, como Orfeo hizo para rescatar a
Eurídice. Así. Allí. Ellos.
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