Hoy, que debemos quedarnos en casa, que comprendemos la fragilidad de la vida con más crudeza, encuentro en todas ellas la inspiración, en quienes se enfrentan cara a cara a todo esto que nos priva de tocarnos y abrazarnos. Pronto volveremos. Pronto abrazaremos de nuevo.
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Por fin hemos encontrado referentes a los que
valorar en la sociedad y a quienes tomar como ejemplo. En este momento, médicas
y enfermeras, sin olvidarnos de celadores, personal de limpieza, técnicos
sanitarios, auxiliares y todo el personal que integra nuestro sistema sanitario,
se colocan en primera línea luchando contra un enemigo invisible. Ellas, las
médicas y enfermeras, siempre están ahí, pero necesitamos situaciones extremas
para vernos en la obligación de reconocer su labor.
Todo esto de aplaudir cada tarde a nuestros
sanitarios, me parece un gesto enorme por parte de esta sociedad, pero debo
deciros algo, qué este reconocimiento no empañe el exhausto trabajo al que se
someten debido a los incesantes recortes sanitarios que hemos sufrido a lo
largo de la última década. No debemos olvidar la precariedad a la que se
enfrentan cada día, no sólo en estos momentos, cada vez que no disponen de los
equipos necesarios o que no pueden llevar a cabo todo lo que desean por falta
de personal, quizás debamos reflexionar sobre ello. Ellas, son la base del
estado de bienestar, el sustento de la sociedad, desde el nacimiento hasta la
muerte, aunque por el camino se nos olvide. Nacemos y morimos a su lado,
amparados en su tremenda generosidad, en su empatía y en su lucha constante,
para que todos nos agarremos a la vida como a un clavo ardiendo.
Ellas son la primera línea de vida, y las primeras
en sentir la muerte. Y no puedo ni imaginar la de lágrimas que habrán derramado
por ese amor desinteresado que nos profesan. Porque ser médica o enfermera, no
es simplemente una carrera de fondo que implica adquirir infinitos
conocimientos, que no dejan de adquirir en toda su vida, porque la sanidad es
un escenario cambiante, sino que también es vocación. Voluntad, alma y corazón.
Ahora mismo, muchas de ellas están renunciando a su
familia, a sus parejas, a su vida en general para protegernos. Para hacer
frente a un enemigo común al que ellas se exponen por todas nosotras. Pero no
es necesario que hagan turnos de doce horas, que no descansen, que no puedan
refugiarse en la oscuridad y la soledad de su habitación para soltar todo
aquello con lo que cargan. No podemos consentir que se las cuide tan poco, que
se las exija tanto y se las premie tan poco.
Ellas son heroínas, desprotegidas, pero valientes,
empáticas, constantes, luchadoras, cariñosas. Ellas nos traen a la vida y nos
dan una dulce despedida. Aplaudidlas, no sólo durante esta cuarentena cada
tarde para reconocer su trabajo, sino cada día, cada vez que vais a un centro
de salud y las veis desbordadas sonreídles, ellas no son las culpables de los
colapsos, los villanos son otros.
Cuidemos de todas ellas.
Para todas aquellas heroínas, que cuidan
desinteresadamente de todas nosotras.
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