Caminar
hasta que no puedes más, quedarte sin aire, parar un segundo y continuar otro
poco. Esa es la constante situación que muchos viven, luchar, vivir, amar y
respirar hasta que no pueden más, y después… seguir.
Es
bastante difícil se lo aseguro, últimamente vivo en el alambre y en la duda de
si continuar hasta quedar sin aliento, o parar y entregarme al paso del tiempo.
No es una decisión sencilla, consiste en tirar por la borda todo aquello que
has conseguido porque ahora las cosas no salen bien.
Quizás
sea lo más fácil, dejar que todo pase, la gente las cosas, las oportunidades…
Yo siempre he sido más de respirar profundamente para poder dar un par de pasos
más. Sin medias tintas, o sigo caminando o muero ahogado en mi camino al éxito.
A
veces el viento no sopla de cara, y esto pasa demasiado. No por ello vamos a
tirar la toalla, ni a dejar que todo se vaya con la misma facilidad con la que
el viento mueve un grano de arena que está perdido en el desierto. Se puede
dudar de uno mismo, y de todo lo que te rodea, pero nunca se puede renunciar a
lo que uno es, porque si uno renuncia a lo que es, significa renegar de todo
cuanto ha logrado por quién es. Es como si dejásemos de respirar porque no
somos conscientes totalmente del proceso que esto conlleva.
Quizás,
bueno, seguro, que vivimos más de un momento de duda absoluta, una de esas
crisis. Más jodida que la económica, aún más difícil de salir de ella. Pero no
nos podemos desvanecer. Porque dejar de luchar, significa renunciar. Renunciar
es como perder, y al menos yo, sólo quiero ganar.
Y
esto se puede aplicar a cualquier cosa, si hemos llegado hasta aquí, es porque
hemos hecho algo bien. Nadie regala nada, y mucho menos te ayuda a conseguirlo.
Si has luchado durante todo este tiempo, superando retos que ni imaginabas,
¿por qué ahora no puedes?
Levántate.
Mira a los ojos a la puta vida, y dile: “Aquí estoy. Ven por mí si te atreves…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario