Sus ojos azules eran lo último que veía antes de cerrar los ojos cada noche. No estaba a su lado, pero no podía dejar de pensar en ella ni un instante. Su pelo, y esa forma tan suya de apartarlo de su cara para mirarlo a los ojos. Esos labios, que dibujaban sonrisas cada vez que se cruzaban sus miradas, y esas manos, de las que costaba despedirse tras un abrazo.
Ya no merecía la pena luchar por algo imposible, pero a él le encantaba que ella fuese su última imagen cada noche, y lo primero en lo que pensaba al amanecer. Jugaban a mentirse, a hacerse daño, pero en el fondo… ¿qué es el amor? Tan solo es un juego, en el que, como diría Sabina, un par de ciegos, juegan a hacerse daño.
Ambos jugaban, el perdía, pero cada momento a su lado era perfecto, todo merecía la pena. Incluso ver como ella iba con otros, pero seguían cruzando sus miradas, intercambiando sus sonrisas, pero al fin y al cabo, tan solo era un juego de dos.
Y en los juegos, siempre hay quien pierde, quien gana, pero en este caso, el que perdía ganaba momentos. Esos momentos, que hacen una vida, que aunque estés triste te sacan una sonrisa, porque ella tenía detalles que te hacían ser feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario