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15.11.17

Lienzo en blanco

“Mi piel es un lienzo en blanco. Bueno, más bien, mi piel es un erial de tinta” – aseveró al preguntarle por si tenía algún tatuaje que cubriese su piel.

Tardé unos meses en descubrir que a pesar de estar exenta de tinta, su piel no estaba falta de historias. Su espalda, no tenía ni una cicatriz, pero estaba repleta de heridas de vida, que no de guerra. Para guerra, la que ella me propone siempre.

Me pasé noches enteras acariciando sus heridas, hurgando dentro de ellas, hasta tocar hueso, hasta hacer brotar las lágrimas, no para hacer que duelan, más bien para curar. Convertí cada herida en una historia, cada historia en una lágrima y todas las que se descolgaron de esas pupilas marrones, en unas sonrisas imborrables.

Y así, en vez de dedicarme a contar historias, me dediqué a curarla de su vida, a hacerla vivir con la sonrisa puesta, como siempre hacía, pero sin tener la espalda llena de esas hostias que pega la vida y nadie se atreve a curar.

Ella, por su parte, ahondó en todas mis cicatrices, las descosió por completo, las abrió al aire, dejó que se infectasen, que supurasen, que volviesen a doler. E hizo que curasen, sin palabras. Con unas escuchas largas, un gran paquete de pañuelos de papel y centenares de besos, de esos que no importa dónde ni cómo te los den, porque son capaces de devolverte a la vida, por muy dura que haya sido.

Y volví, A. la vida. A una vida de verdad.

Y volví, a descolgar lágrimas de felicidad. A morir, pero de risa. A doler, pero de amor.

Y volví.


Me quedaré siempre. 

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