“Mi piel es un lienzo en blanco.
Bueno, más bien, mi piel es un erial de tinta” – aseveró al preguntarle por si
tenía algún tatuaje que cubriese su piel.
Tardé unos meses en descubrir que a
pesar de estar exenta de tinta, su piel no estaba falta de historias. Su
espalda, no tenía ni una cicatriz, pero estaba repleta de heridas de vida, que
no de guerra. Para guerra, la que ella me propone siempre.
Me pasé noches enteras acariciando
sus heridas, hurgando dentro de ellas, hasta tocar hueso, hasta hacer brotar
las lágrimas, no para hacer que duelan, más bien para curar. Convertí cada
herida en una historia, cada historia en una lágrima y todas las que se descolgaron
de esas pupilas marrones, en unas sonrisas imborrables.
Y así, en vez de dedicarme a contar
historias, me dediqué a curarla de su vida, a hacerla vivir con la sonrisa
puesta, como siempre hacía, pero sin tener la espalda llena de esas hostias que
pega la vida y nadie se atreve a curar.
Ella, por su parte, ahondó en todas
mis cicatrices, las descosió por completo, las abrió al aire, dejó que se
infectasen, que supurasen, que volviesen a doler. E hizo que curasen, sin
palabras. Con unas escuchas largas, un gran paquete de pañuelos de papel y
centenares de besos, de esos que no importa dónde ni cómo te los den, porque
son capaces de devolverte a la vida, por muy dura que haya sido.
Y volví, A. la vida. A una vida de
verdad.
Y volví, a descolgar lágrimas de
felicidad. A morir, pero de risa. A doler, pero de amor.
Y volví.
Me quedaré siempre.
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