Transito la tristeza como quien camina por los restos de un fuego, aún candentes, sabiendo que está a punto de quemarse pero aún así, no se aleja.
Soy efímero, volátil y ausente, desgastado, vacío, incoherente, repentino, inerte.
Como una fría escultura que ni el sol del verano es capaz de calentar.
Soy la nada.
Lo más importante y quizá quién menos importe.
Aún siento como arde dentro de mi pecho.
Lentamente, como si temiese extinguirse por completo.
Busca los recovecos de mi alma para esconderse.
Acaricia mis sombras en esas noches más oscuras.
Y al fin, al alba, un rayo de sol despunta de nuevo, sobre una cama completamente deshecha, en la que su ausencia se vuelve una oscuridad que irrefrenablemente envuelve todo.
Pero aún queda algo.
Soy el recuerdo, la ausencia, lo que no cumplimos y todo lo que me dijiste.
Soy un cúmulo de historias que aún podemos cumplir.
En otra vida, quién sabe si en otros cuerpos, en otros labios.
En una historia en la que, tú y yo, aún creemos.
M.